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miércoles, 19 de octubre de 2016

¡Galope! Hipotética Ficción




¡Galope!
Hipotética ficción
De Luis Quinteros




Esta obra fue beneficiada en el certamen “Córdoba en la Independencia - Una visión teatral del Bicentenario” organizado por el Banco de Córdoba. Jurado Enrique Papatino, Daniel Dalmaroni y Silvia Villegas. Marzo 2015.
Estrenada en la Sala Mayor de La Ciudad de las Artes, de la Ciudad de Córdoba- Argentina, en junio de 2015 con el siguiente equipo artístico- técnico:

Actúan:
Rafael Rodríguez
Fernando Castello

Diseño Lumínico y Ambientación Sonora:
Lucas Solé

Diseño Escenográfico:
Natacha Chauderlot

Asistencia de Dirección:
Florencia Cisnero Márquez

Asesoramiento Físico- expresivo:
Walter Cammertoni

Intervención Plástica:
José Quinteros

Intervención en Vestuario:
Edgar Tula

Audiovisual:
Pablo Olivier

Texto:
Luis Quinteros

Dirección:
Beatriz Diebel

  • Publicación de la obra en libro de recopilación de las obras premiadas en el Concurso “Córdoba en la Independencia - Una visión teatral del Bicentenario” organizado por el Banco de Córdoba. Año 2015




1-                    Hombre herido:

Mestizo:       La luna congelada brilla más que nunca ahí arriba. De nuestras bocas, el aliento caliente sale. Por la orilla del río vamos los dos solos, el agua espeja la luna. Acompaño al gobernador depuesto. Huelo su tristeza, como todo mestizo lugareño, conozco estos caminos y mi olfato no falla, es lo mejor que tengo, huelo los sentimientos, la muerte y la sangre. Resplandece la luna y avanzamos, sin decir nada, por el borde del Río Primero. El hombre y su derrota, el héroe y su herida más profunda. A cada paso percibo su cansancio, su derrumbe. No quiero molestar, no quiero invadirlo a preguntas, no quiero que pierda su lustre. Por suerte nadie lo está viendo, solo yo, que soy como su sombra, solo yo, que lo acompañaré hasta que mi aliento diga basta. Lo miro y lo admiro. Me da pena que se desmorone, que se desbarranque. Lo escolto, lo protejo, lo dejo hablar entonces…  

Juan:             (Delirando)    Amada mía ¿Te volveré a ver? Tengo mucho miedo de que no. Me duele en el alma, me duele más que las heridas de la batalla. Si sólo pudiese decirte esto ahora, antes del final. Me gustaría escribirte una carta pero tengo el brazo herido, si me bajo del caballo no sé cómo voy a hacer para volver a montar.
Siempre sigo adelante, hasta las últimas consecuencias, mi amor.
Como no voy a luchar si poseo una mujer como vos a mi lado. Como no voy a querer cambiar el orden de las cosas, si estas tierras serán las mismas que tendrán nuestros hijos, nuestros nietos. Tengo un presentimiento que me aqueja, el final. Estoy muy solo, necesito tus caricias. No le temo a la muerte, le temo a lo desconocido y al olvido, amada mía, amor, amor, amor…

Mestizo:         ¡No se duerma mi amigo! que se puede caer.

Juan:              No me estoy durmiendo, imposible hacerlo en la montura, al paso.

Mestizo:         Pero recién hablaba solo, como entredormido.
Hay un olor ¿Lo siente?

Juan:              Pensaba en voz alta. La noche fría apacigua. La palabra sale sola por la boca como el vapor del aliento.
La luna brilla demasiado, eso nos juega en contra.
No, no huelo nada. Estoy perdiendo el olfato eso es una mala señal.

Mestizo:       El aire frío de la noche adormece, el paso sobre la montura apacigua el cuerpo. El andar más lento, cuatro tiempos. Pie izquierdo, mano izquierda; pie derecho, mano derecha. Uno, dos, tres cuatro. Andar marchado…como una marcha. Usted sabe de esto, capitán en Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Teniente coronel de Arribeños. Coronel, cuando cayó el Primer Triunvirato. Coronel Mayor del Ejército Auxiliar del Perú. Actual brigadier general, usted conoce muy bien las marchas ecuestres gobernador.

            Juan:           Para tener esos rangos hay que tener ejército, subalternos o soldados a cargo, míreme ahora, solo en el medio de la nada. Sin gobierno, sin el pueblo, solo…no me diga gobernador, llámeme Juan, simplemente Juan.

Mestizo:       Bueno, estoy yo, que aunque mestizo, soy alguien. Eso sí, no podría pertenecer al cuerpo que usted comanda, tengo uno para mí, así es como se organizan los ejércitos, distintos grupos para el mismo bando, pero en esta noche oscura y luego de la derrota, hemos quedado usted y yo, solos ¡Ese olor es insoportable!
                                    ¿Qué le pasa? ¡No se caiga! ¿Qué tiene? ¿Qué es eso? Disculpe señor, no quise decir derrota... ¡No se me caiga! ¡Juan! ¡Muéstreme su brazo!

Juan:             No tengo nada, déjeme.

Mestizo:         ¡Sangre! Está perdiendo mucha sangre.

Juan:              No, es mugre, en La Tablada me caí... durante la batalla…No es nada.

Mestizo:        Yo lo puedo curar, estire el brazo… déjeme ver, confíe. Puede perder el brazo, quedarse manco. No sería bueno que en el futuro haya dos mancos en la historia de estas tierras.

Juan:           Estoy bien, no voy a perder el brazo, es una lastimadura superficial, el sangrado ya paró…sigamos. Deberíamos encontrar al tigre…

Mestizo:         No me llevo bien con los felinos, sobre todo los grandes...

Juan:       Me refiero al “tigre de los llanos” digo que deberíamos encontrarlo, para organizarnos ¿Usted sabe hacia dónde vamos?

Mestizo:       Yo me oriento fácilmente. No me pregunte cómo lo hago, lo sé, soy de esta tierra. Tengo los sentidos a mi favor, el mestizaje lo hizo posible. Puedo sentir el peligro mucho antes que yo mismo pueda verlo.  Lo que es inaudible para usted, yo lo puedo escuchar: pisadas, trotes, galopes, ruedas, todo eso que se transmite por la tierra, y por aire: silbatos, voces y tormentas…

Juan:              Estoy perdiendo el olfato y el oído, me parece. Pero la vista la tengo intacta.

Mestizo:         Entonces, hacemos un buen equipo. Usted es un militar bien entenado, con buen ojo y yo soy un mestizo con el oído y el olfato afilados.

Juan:           Abandoné la gobernación y el pueblo, llevándome armas y caballos, convencido de que era necesario demorar el enfrentamiento y esperar al Tigre, hice tiempo para que llegue y  me ayude a conservar la ciudad, pero el Manco se adelantó y me atacó. Otro enfrentamiento de unitarios y federales. Fue una contienda difícil y estaba decidido a poner el cuerpo en la batalla hasta las últimas consecuencias, estoy dispuesto como siempre, aunque me encuentre herido y desorientado…Me encuentro al borde del precipicio, esperando… ojalá que le haya llegado al Tigre la misiva enviada…

Mestizo:         No me tiene que dar ninguna explicación, yo estoy acostumbrado a obedecer a mis superiores, como mestizo apoyo la causa federal. Descanse mi general, yo puedo hacer guardia mientras andamos, por si aparece algún depredador. Puedo descansar mientras permanezco alerta ante cualquier peligro.

Juan:              Usted también tiene que dormir.

Mestizo:      Yo me arreglo, descanso por momentos, andando. Después con tumbarme unos minutos me alcanza. No estoy herido como usted, descanse general, descanse, descanse…

El mestizo silva para que Juan se duerma.

Juan:             (habla dormido) Quiero tocarte, aspirar tu aliento, sentir tu cuerpo aquí cerca del mío, tomar tus manos y besarte es una realidad que necesito ahora. Tengo mi cerebro lleno de tenebrosos pensamientos y mi corazón sangrado de dolor… ¡¿Qué pasa?!

El Mestizo trota.

Mestizo:         Trote, trote mi general. Como usted sabe a dos tiempos, uno, dos…uno, dos…simétrico y saltado, quédese sentado pero siga el movimiento con la cadera, el brazo le va a doler, pero es necesario trotar y alejarse, yo sé por qué se lo digo.

Juan se suma al trote del mestizo.

Uno, dos…uno, dos. Todos mis sentidos están alerta, el peligro anda cerca y estamos solos usted y yo. Es mejor alejarse, al menos por ahora.

El trote se va calmando.

Mestizo:         Qué larga se está haciendo la noche.

Juan:             Todo el tiempo es noche en nuestro país. No vislumbro ni un rayo de luz en esta hora de penumbra de la historia.

Mestizo:      Lo espera su esposa general, y su familia. A mí no me espera nadie. Pertenezco al campo de batalla.

Juan:             Se siente la soledad después de una derrota. Se recuerda a la mujer amada más que nunca.

Mestizo:         Lo escuché hablando dormido.

Juan:             Mi amada esposa, una dama, antes de que todo se desmorone, se vistió de caballero para traspasar la guardia de mi despacho de gobernador y estar conmigo. Si fuera por ella estaría acá, en esta noche fría a merced del peligro.

Mestizo:         Las mujeres guerreras, he sabido que entre mis antepasados han comandado grupos.

Juan:             He compartido fogones con los soldados y sus chinas, ya fueran sus mujeres o sus amigas.  Ellas son fuertes, visten ponchos, gorra de cuartel, a veces hasta llevan sables haciéndose valientes en base al sufrimiento. Siendo el paisano un hombre rebelde a toda disciplina y sensible al hogar, es necesario conservárselo, aunque sea en forma errante.

Mestizo:         Cuántos han perecido solos, en la batalla. A cuántos nos espera ese destino. ¿Escuchó eso?

Juan:             No, me parece que no escucho bien.

Mestizo:         Yo oigo perfecto. Vamos a tener que galopar mi general, el brazo le va a doler pero se las va a tener que aguantar.

Juan y el Mestizo galopan. Juan grita de dolor.

Mestizo:         Tres tiempos más la pausa. Uno, dos, tres, pausa; uno, dos, tres, pausa... La pausa es el momento de suspensión, los cuatro cascos en el aire, suspendido…volando, abarcando el máximo terreno posible. Uno, dos, tres, pausa; uno, dos, tres, pausa… Uno, dos, tres, pausa; uno, dos, tres, pausa.

Juan:             La voz del enemigo a mis espaldas, la patrulla enemiga que llegó a verme, a vernos. Estamos indefensos, sin ejército, somos una presa fácil, prisioneros de guerra no queremos ser. Trotamos, galopamos, nos alcanzan, nos rodean, rodearon, me exigen, me exigieron entregarme, amenazantes. En ese terrible instante de vida o muerte, nos hicimos uno.    Yo decidí por los dos y saltamos unidos en un solo cuerpo.

Juan y el Mestizo galopan al máximo.
Última suspensión.

2-                    Hombre-caballo desbarrancado:

Mestizo:         El poncho me encegueció y sentí las espuelas en mis ijares, salí al galope sin dudarlo, esa fue la orden. Los muslos sobre mi lomo me estrangularon la respiración ¡Vamos amigo! dijo él. Y salimos como un centauro, mitad hombre, mitad caballo, sin riendas… Uno solo saltó por sobre el borde de la barranca del río, desbarrancándose, desbarrancándonos. Fue un acto reflejo, de supervivencia, nos rodearon, la vida o la muerte. Él estaba herido. Sobre mi capa, sobre mi pelaje, se escurrían la sangre, su sangre caliente. Ahí hicimos el pacto otra vez… ya habíamos sido uno solo…otras veces. Mi cabeza desapareció hasta el cuello, dándole lugar a su torso desnudo y musculoso. La crin lacia de mi cabeza fue ocupada por una melena negra rizada. Sobre mis carrillos creció una barba oscura unida a la cabellera y al bigote.  Una cara por otra cara, el mismo instinto, los ojos vidriosos de un solo animal, la boca húmeda de excitación y el olfato apuñalado por la muerte próxima. 
                       El ponchó cegó mis ojos y ahí fuimos uno, mis piernas… mis patas castigaron el camino de tierra, fuimos centauro y saltamos por encima del borde de la barranca, volamos por sobre el declive y pensamos en la inmortalidad antes de sentir las piedras en nuestros cuerpos. Cabalgamos el aire… Cuando mis cascos se quebraron, volvimos a ser dos, mestizo y Juan, volví a sentir la montura. El silencio de la noche se cortó con un sonido gutural de dolor. El pecho de Juan se hundió con mi propia cabeza, mi cerviz aplastó su esternón y tocó su corazón. Mis huesos se quebraron,

Juan:              ¡Dimos contra los pedruscos de la orilla del Río Primero!

(Silencio)

Mestizo:         Cuando un caballo cae mal herido o se quiebra alguno de sus miembros, es difícil que se pueda levantar, su dueño o amo tiene la obligación, como pacto tácito, de sacrificarlo, para evitar su sufrimiento.

(Silencio)
Mi cola baila con el agua del río, mis cascos están rotos, separados de mis patas, una piedra debajo de mi vientre arquea mi cuerpo, toco con mis orejas el agua, no me puedo mover, no puedo decir nada porque soy caballo, no puedo montarme en lo mítico porque ya no soy centauro. Soy el mestizo y lloro como cualquiera, las lágrimas inundan mis ojos… La noche es negra, esto nos protege, pero igual puedo ver los ojos vidriosos de Juan por el brillo de la luna que revota sobre el agua de su mirada. Nos miramos y lloramos sin decir nada ¿Quién sacrifica a quién? Me voy alejando sin dolor mientras Juan me acaricia la cara. Un caballo no habla pero puede pensar… “Hasta siempre Juan, acá se acaba, nos vemos en el monumento” es la frase que pasa por mi cabeza. Yo me alejo, él se aleja rengueando, agazapado por el agua del río, entre las piedras.  

(Silencio)

3-                    Hombre herido y a pie:

Juan:            Entre las piedras busco la oscuridad, me refugio, me protejo. Todavía vivo, no puedo respirar bien, el impacto de la cabeza del mestizo me hundió las costillas. Todavía veo sus ojos vidriosos, no emitió ningún sonido para no llamar la atención el pobrecito. La patrulla anda por la orilla del río, arriba mío, sobre el camino. La luna se refleja en el cauce. Me muevo con dificultad, rengueo. Los otros dolores se fueron porque el del pecho es una tortura mayor. Me muevo dos metros y me detengo,  miro hacia atrás, el cuerpo del mestizo yace acostado, arqueado sobre una piedra, los pelos de la cola y de la crin danzan con el agua.  Por suerte ya se fue. Me tomo el pecho con los dos brazos heridos para apaciguar el dolor, necesito respirar, recuperar el aliento, con cada inhalación me duelen hasta las mandíbulas. Las clavículas y los hombros se crispan cuando el aire quiere salir. ¡Juan! ¡Qué hombrecito insignificante sos con la muerte pisándote los talones!

Juan inhala por la boca, su pecho se hincha sus intercostales se levantan y no puede exhalar.

Mestizo:      Quédese quieto, siéntese ahí…están muy cerca. Van a demorar en bajar, la pendiente es muy vertical hacia el río. Respire, respire lento, tranquilo…mientras murmura sus rezos, respire, no se olvide de hacerlo, de a poco, eso…me gustaría acompañarlo en las oraciones pero soy caballo y no sé rezar.

Juan exhala y llora.

Juan:         Estás delirando Juan…mala señal. Escuchar voces es mala señal, ¡Qué pequeño me siento!

Mestizo:         Soy yo, el mestizo…rece, ruegue, hable con Dios... pero no pare de respirar, aunque le duela. Estoy acá, cerca de usted, lo escolto, lo cuido. Soy su caballo, el mestizo. No lo voy a dejar ahora.

Juan:             Esto no es real, los caballos no hablan. Perdí el juicio… pero soy consciente de todo.            

Mestizo:         Confíe en mí, soy su ángel guardián, tenga fe. Esto no tiene lógica, no lo va a poder explicar sin que piensen que está loco. Si esto queda en los libros de historia, podrían confundirlo todo.

Juan:             Tengo frío ¿Dónde quedó el poncho con el que te tapé la cabeza antes de saltar?

Mestizo:         No debe estar muy lejos. Tengo una vista panorámica,  un ojo de cada lado de la cara, es probable que usted encuentre el poncho antes que yo.
Todo mi cuerpo es un receptor de sonidos, todo lo que es  transmitido por el aire me entra por los oídos y todo lo que viene por la tierra lo recibo por los cascos de manera amplificada. Mis  orejas giran cuando escucho algo amenazante que se acerca y empiezo a inquietarme. La patrulla está cerca, muévase general, camine por favor, no deje de hablar pero camine y respire mientras las palabras salen de su boca con el vapor. Lo sigo por detrás.

Juan susurra como perdido.

Juan:             Los indios merecen buen trato, como mínimo y alguna posibilidad de ganar su pan todos los días. Los paisanos necesitan que se los deje ingresar naturalmente al conjunto de los pueblos con sus dichos, sus creencias, sus ocupantes y la nobleza de sus corazones. Prefiero el primitismo indígena y la intuición del paisano, al nutrido cerebro de los lúcidos que no alcanzan a comprender otras necesidades y formas de ser.
                        Acá está el poncho, por suerte lo encontré, tengo la cabeza congelada, eso es mala señal.

Mestizo:         Con el olfato, el oído y el tacto puedo anticiparme antes que con la vista. El sentido del tacto mi general en el fundamental para los caballos, desde que nacemos, nuestras madres empiezan a tocarnos y a hablarnos, aprendemos rápidamente a relajarnos y a protegernos apoyando nuestro cuerpo de potrillo contra el cuerpo de nuestra madre, buscamos esa misma comunicación por el resto de nuestras vidas en relación con nuestro jinete.

Juan susurra como perdido. Llora.

Juan:             Mi querida madre ¡Qué sola te quedaste cuando yo era un chiquito!

Mestizo:       Juan, no llore, por favor no llore, yo sé que está cansado y con gusto lo llevaría sobre mi lomo pero mi cuerpo quedó en el río. Le puedo dar ánimo para que no deje de moverse mi general, la patrulla está cerca. Aprovechemos la bruma del amanecer para alejarnos.

Juan:             Déjeme solo, usted se quedó en el río, su cuerpo quedó ahí.

Mestizo:     Mi cuerpo sí, pero no mi sombra. Soy su sombra, mi misión es cubrirle la espalda, usted es un héroe y será un prócer de esta tierra. Usted es necesario general.

Juan:             Yo soy un simple criollo.

Mestizo:         Yo soy un simple mestizo.

Juan:             Somos de esta tierra, los dos.

Mestizo:       Pero no somos lo mismo. Los mestizos, los mezclados no somos como ustedes.

Juan:             Con el tiempo, eso va a cambiar.

Mestizo:         ¿Usted cree?

Juan:            Los gobiernos deberían  hacerlo posible. Yo lo intenté, Dios sabe que así lo quise.

Mestizo:       Como caballo lo he acompañado en las contiendas en las que se ha enfrentado, soy fiel. Me adapté a usted. Me puse a sus órdenes.

Juan:           Nuestros antepasados vinieron del viejo continente, pero usted y yo nacimos en estas tierras. Los españoles trajeron a los caballos domesticados de Europa para poblar este continente…De ahí viene usted, como yo, de los que vinieron de allá.

Mestizo:         Los caballos volvimos a este continente de dónde somos originarios. Nosotros estábamos antes acá, antes que ustedes, los criollos.

Juan:             Eso es absurdo…

Mestizo:     Según parece, nosotros estuvimos en este continente hace miles de años. Luego nos extinguimos, no se sabe cómo, pero antes pasamos desde Norteamérica a Eurasia y África cruzando el puente de Beringia, bien al norte mi general, arriba de todo.

Juan:             No hay pruebas de eso.

Mestizo:      Con el tiempo habrá. Se encontrarán huesos y se sabrá la verdad. No mis huesos que quedaron en el Río Primero, sino otros, que permanecen más abajo, adentro de la tierra de este continente que pisamos y por el cual nos peleamos…

(Pausa)
Juan se desvanece lentamente.

Un caballo tiene doscientos cinco huesos. La columna vertebral está compuesta por cincuenta y un vértebras. La diferencia entre nosotros dos, es que yo no tengo clavículas…

Juan:             (entre susurros) Me duelen las clavículas cuando respiro…

Mestizo:         (subiendo el volumen)…Mis patas se unen a la columna mediante poderosos músculos, tendones y ligamentos que sujetan las escápulas.

Juan:             (entre susurros) Me duele el brazo derecho…

Mestizo:         (casi gritando) Yo no tengo rodillas sino carpos, que son más parecidos a los huesos de sus muñecas. Los huesos inferiores de mis patas se corresponden con los huesos de sus manos o de sus pies. En las extremidades delanteras, el cúbito y radio están unidos en un único hueso, al igual que la tibia y el peroné lo que me impide girar lateralmente las manos y los pies.

Juan:             (entre susurros) Creo que me voy a caer, se me aflojan las rodillas…

Mestizo:         No tenemos músculos en las patas por debajo de las rodillas, sólo piel, tendones, ligamentos, cartílago y huesos, y un tejido córneo en los cascos para amortiguar los impactos.
Los cascos son fundamentales para la estructura de las patas, son el equivalente a las puntas de los dedos en los humanos, en el interior hay cartílago y otros tejidos blandos y el exterior, están formados por un tejido córneo similar a las uñas de los hombres.

Juan:             ¡Basta! ¡Cállese por favor!

(Silencio)

Mestizo:      Le pido disculpas general, lo hago para mantenerlo despierto, no debe dormirse, los golpes que tiene no lo dejarían levantarse de nuevo si se deja caer, el frío haría el resto. Es necesario que usted se aleje de la zona peligrosa. Lo estoy ayudando, quiero ser la sombra que lo acompañe.

Juan:             Me ayudaría si me dejara en paz. Usted quiere que me aleje pero si me sigue hablando me detengo a escucharlo y no emprendo la marcha. Necesito que me deje solo.

Mestizo:      Usted se arrojó por el barranco, usted lo decidió y obedecí. Tenemos un acuerdo tácito y no tengo reparo a la hora de responder por su vida o dar la mía por la suya. Déjeme terminar mi misión, quiero ser la sombra de un hombre importante.

Juan:          Soy un hombre común, un criollo nacido en estas tierras, quinta generación pura de españoles nacidos en este país.

Mestizo:         Yo soy un mestizo también nacido aquí, no sé cuándo empezó mi mestizaje.  Al igual que los hombres mestizos, los caballos de mi tipo, somos y seremos ignorados a lo largo de la historia. Desde la antigüedad, no somos dignos de la alta sociedad. Por este motivo es que desde siempre, al igual que los mestizos humanos, fuimos, somos y seremos destinados para trabajos pesados, trasporte de esclavos, de indios y de basura. Los caballos mestizos somos animales con características diferentes a los caballos de raza, somos toscos, un poco más petizos y muchos tenemos varios colores en nuestro pelaje. Pero contamos con una fuerza verdaderamente y resistencia extraordinarias y nuestra velocidad no es muy diferente a la de los caballos pura sangre.
Lo que no todos saben, es que los caballos puros son el resultado de varias cruzas entre los caballos mestizos.

(Silencio)

4-                    Hombre a pie deja su tierra:

Juan:         Con el amanecer de un día de junio llegué hasta la casa de un quintero, los criados me auxiliaron y buscaron una curandera india que calmó mis dolores, limpió mis heridas, me vendó el pecho y las costillas rotas, con infusiones bajó mi fiebre y me hizo descansar. El mestizo me dejó tirado en la puerta del caserón y cuando los perros empezaron a ladrar desapareció, a partir de ese momento no puedo emitir palabras, no salen de mi boca, me comunico con señas.  Con el mestizo que solo existe para mí, si puedo hablar, con el resto de las personas vivas no, muevo la boca para decir algo y no sale sonido alguno.
Después de unos días, mis parientes y amigos me buscaron para llevarme lejos de mi tierra, a un lugar donde tendría asilo. Por los dolores de mi cuerpo no podía soportar el paso del caballo  así que caminé lentamente durante días, a mi lado la presencia del mestizo seguía mis pasos, mientras yo desandaba el paisaje que me vio nacer por última vez, una lagrima se congeló en mi mejilla y el dolor del pecho se agudizó.

Casi como un canto o una oración.

Mestizo:     Necesitamos un héroe, un prócer para no olvidar. Para no perder las esperanzas de que las cosas pueden cambiar. Para reescribir la Historia o releerla. Siempre tiene que haber un olvidado, un subversivo, un estampado, un quebrado, un desvalido, un incomprendido, un ícono, un símbolo. 

5-                    Hombre desterrado abandona su cuerpo:

Juan:        Rodeado de mis mujeres, hermosa esposa mía, mis adoradas hijas, mi fiel hermana. Lejos de los hombres de mi linaje… mi padre se fue cuando yo tenía siete años, mi hijo está del otro lado del océano…Yo Juan Bautista, abandono mi cuerpo. No siento los brazos, no los tengo, como los dibujos que quedarán de mí, solo la cabeza y los hombros, como los bustos que se harán algún día, tengo el pecho hundido.

Mestizo:         Busto, es una representación artística de la parte superior del cuerpo humano que incluye la cabeza, los hombros, el nacimiento de los brazos y el pecho, o parte de él. No se considera un fragmento parcial de una obra, sino que es, en sí mismo, la obra completa.

Juan:             Abandono para ser leyenda, para que me olviden y me recuerden, para que me amen y me odien, para que hablen de mis aciertos y mis errores, para que me juzguen, entierren y desentierren, y me hagan resucitar, no al tercer día, sino cuando haga falta.

Mestizo:         Los bustos se colocan en las plazas, los museos, las escuelas, los edificios públicos, las bibliotecas… Hay en los bulevares, las avenidas, las veredas, dentro de las vitrinas y las vidrieras.

Juan:             Me elevo sobre la cama, y veo la habitación donde yace mi cuerpo vencido, debilitado. Las faldas sobre los miriñaques se abalanzan sobre la cama, sobre mis piernas flacas y mis brazos huesudos. Las manos pálidas con mantillas de encaje negro se posan sobre mis costillas quebradas y mi pecho derrumbado. Yo no siento esas caricias, solo me elevo y mi cuerpo se acomoda sobre el lomo del mestizo que sube como si tuviese alas, como si fuese un unicornio. Ambos resplandecemos como una luna de junio.

6-                    Hombre homenajeado:

Juan:              Acá estamos sobre un pilar oscuro y brilloso. Un monumento ecuestre…

Mestizo:         ¡Qué lindo nombre!

Juan:             El revisionismo nos sacó de la sombra y nos expuso.

Mestizo:         A usted lo sacaron de la sombra, yo soy uno más, un mestizo más.

Juan:             Yo no hubiese sido nada sin vos. Ninguno de nosotros actuamos  solos.

Mestizo:         ¿Ningún prócer quiere usted decir?

Juan:        Ningún hombre. Yo siempre dije que juntos podemos cambiar las cosas, separados nunca.

Mestizo:         Me dejó tirado en el río mi general, agonizando.

Juan.             No podía hacer más, la patrulla me pisaba los talones, vos no te movías. Ahí te quedaste con el cuerpo quebrado.

Mestizo:         En el río me quedé.

Juan:              Al río yo volví… vuelvo cada tanto, cuando me aburro, ese fue mi final.

Mestizo:         Pero sus huesos lejos quedaron.

Juan:         Dicen que pasearon mis restos por las calles de esta ciudad ¡Cómo cambió desde la última vez que estuve por acá!  Anunciaron que mis huesos se retirarían de la iglesia Santo Domingo, de esa ciudad lejana, para traerlos acá, a la ciudad que goberné.

Mestizo:         Hicieron bien en ponerlo en una iglesia católica, apostólica y romana. Es la religión que usted determinó en su constitución, como única religión del estado.

Juan:            Fue una estrategia, los credos tienen su poder, la economía se vincula con los hombres, con los dioses y con las sagradas escrituras. 

Mestizo:         Sus restos retornaron a su tierra, de alguna manera es como resucitar.

Juan:             Tal vez sean míos, tal vez no.

Mestizo:       Había una lápida en la iglesia Santo domingo, colocada justo arriba de su cuerpo enterrado, Cómo no van a ser suyos mi general.

Juan:              Pudo haber sido simbólica, como las cruces de una fosa común, de las tantas que hubo, de las tantas que hay.

Mestizo:         Da lo mismo, no importa, en definitiva los huesos son restos de otra cosa que ya no está. Es necesaria la reparación a través del homenaje. Es necesario este monumento.

Juan:            ¿Para quién?

Mestizo:         Depende desde dónde lo mire mi general.
Quieren colocarlo, es decir depositar sus restos, junto a los huesos del Manco, en la Catedral de la ciudad... No es una broma, le juro que no lo es.

Juan:             Por suerte, no sé si son míos.
                     En el monumento erigido en homenaje a mi persona dice:

Juan y el Mestizo leen juntos.

               General Juan Bautista Bustos…Fue elegido como primer gobernador constitucional de la Provincia de Córdoba por la Asamblea Provincial…Luego fue reelecto… Durante su gobierno promulgó el reglamento Provincial (primera Constitución Provincial) formó la junta Protectora de Escuelas, reacondicionó y entregó al taller de la Universidad la imprenta y creó el Superior Tribunal de Apelaciones de la Justicia.

Mestizo:     Usted sale bien, con mucha presencia. Yo estoy con la mano izquierda levantada, como si fuese justo el momento  anterior a la suspensión, en el aire, la detención del galope, el momento previo al vuelo. No me gusta mucho mi cara, parezco asustado, por ahí hubiese sido mejor salir con la cara cubierta por el poncho, antes  de saltar al barranco…

Juan:             Con el poncho sobre tus ojos, parado en tus dos patas y la boca abierta con expresión de relincho, al ataque, yo haciendo equilibrio clavándote las espuelas, con los brazos abiertos, en una mano el poncho tenso tapando tus ojos y en la otra las riendas tensas para el salto final.

Mestizo:         Los dos juntos, fundidos como un centauro: criatura con la cabeza, los brazos y el torso de humano y el cuerpo y las piernas de caballo. Pero los centauros son seres salvajes, sin leyes ni hospitalidad, esclavos de las pasiones animales y no se podría vincular a un prócer con eso.
El homenajeado es usted, el resto es decorado.

Juan:             Yo quedé en el río primero.

Mestizo:         Yo también, ahí nos quedamos.

Juan y el mestizo se miran por única vez en el final.